En 1951, Dameshek estableció la estrecha relación entre policitemia vera (PV), trombocitemia esencial (TE) y mielofibrosis primaria (MFP) y acuñó el término “enfermedades mieloproliferativas” (EMP). El descubrimiento del cromosoma Filadelfia (Ph) en 1960 tuvo como consecuencia la separación de la leucemia mieloide crónica (LMC) de la PV, la TE y la MFP. Estas últimas entidades se clasificaron como enfermedades mieloproliferativas crónicas (EMPC) Filadelfia-negativas y fueron concebidas como el resultado de la proliferación incontrolada de una o varias líneas celulares de la médula ósea, alentadas por estímulos desconocidos, que en algunos casos podrían conducir también a una metaplasia mieloide del bazo.

En la década de los años setenta del siglo XX pudimos contemplar algunos hitos históricos en las EMPC; así, en primer lugar, se reconoció la independencia celular de los factores de crecimiento como mecanismo crítico de la enfermedad y, en segundo lugar, se identificó la naturaleza de las células madre y el origen clonal de la PV y de la TE. Desde 1980 hasta nuestros días, se han ido realizando nuevos descubrimientos en la patogénesis molecular, los cuales alcanzaron sus cotas más altas en complejidad en la pasada década. En particular, en 2005, cinco grupos diferentes de investigación en EMPC describieron de forma simultánea la mutación puntual adquirida del gen que codifica la tirosina cinasa citoplasmática JAK2 (JAK2V617F). Los estudios posteriores tienden a investigar la frecuencia de esta mutación y su correlación con el fenotipo clínico. Partiendo de la base de estos recientes descubrimientos, se ha propuesto una revisión de los criterios diagnósticos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Otros logros científicos de la pasada década fueron los resultados de los ensayos clínicos llevados a cabo en Europa en los pacientes con EMPC. Como consecuencia de estos estudios, el tratamiento se ha ido optimizado, y en la actualidad los pacientes con PV y TE se estratifican según su riesgo cardiovascular y los nuevos factores pronósticos, incluyendo la carga del alelo JAK2 y la leucocitosis. Los estudios en MFP son menos llamativos. Sin embargo, la eficacia del trasplante de progenitores hematopoyéticos está siendo estudiada en esta enfermedad mediante ensayos clínicos controlados bien diseñados.

Esta obra trata de recoger toda la información acumulada de los recientes resultados sobre genética, biología molecular y tratamiento de PV, TE, MFP y LMC. Todos los autores que aparecen en este libro son expertos reconocidos en sus respectivos campos de investigación y han realizado una revisión muy clara de los aspectos relevantes, que puede ser de gran utilidad para el lector. Esta área de investigación se encuentra en expansión, evolucionando rápidamente, con lo cual es muy probable que en un futuro no muy lejano nuevos fármacos dirigidos frente a la mutación JAK2 puedan modificar la historia natural de la PV, la TE y la MFP, tal y como el imatinib ha conseguido en el caso de la LMC.

Me siento halagado por haber sido elegido para escribir este prólogo y felicito a los autores por su esfuerzo en la elaboración de este interesante y útil libro.

Tiziano Barbui
Servicio de Hematología y Oncología
Hospital Riuniti. Bérgamo (Italia)